Muchas familias, cuando habláis con nosotros, nos comentáis que a vuestros hijos no les gusta leer o que no entienden lo que leen. Muchas veces, nos pedís orientación para que, entre todos nosotros, consigamos hacer de ellos LECTORES.
En esta sección del blog, dedicada exclusivamente a las familias, irán apareciendo recomendaciones, directrices, propuestas que os ayudarán en esta tarea.
Comenzaremos recomendando esta obra de Daniel Pennac, Como una novela, cuyo propósito es una tarea tan simple como necesaria en nuestros días: que los adolescentes pierdan el miedo a la lectura, que lean por placer, que se embarquen en un libro como en una aventura personal y libremente elegida. Todo escrito como un monólogo desenfadado, de una alegría y entusiasmo contagioso.
Este antimanual de literatura concluye con un decálogo no de los deberes, sino de los derechos imprescindibles del lector.
Seamos justos: no se nos ocurrió inmediatamente imponerle la lectura como deber. En un primer momento sólo pensamos en su placer. Sus primeros años nos llevaron al estado de gracia. El arrobamiento absoluto de aquella vida nueva nos otorgó una suerte de talento. Por él, nos convertimos en narradores. Desde su iniciación en el lenguaje, le contamos historias. Era una cualidad que no conocíamos de nosotros. Su placer nos inspiraba. Su dicha nos daba aliento. Por él, multiplicamos los personajes, encadenamos los episodios, ingeniamos nuevas trampas…Igual que el viejo Tolkien a sus mitos, le inventamos un mundo. En la frontera del día y la noche, nos convertimos en su novelista.
Si no tuvimos ese talento, si le contamos historias de los demás, e incluso bastante mal, buscando nuestras palabras, deformando los nombres propios, confundiendo los episodios, juntando el comienzo de un cuento con el final de otro, no tiene importancia…E incluso si no contamos nada en absoluto, incluso si nos limitamos a leer en voz alta, éramos su novelista, el narrador único, por quien, todas las noches, se metía en los pijamas del sueño antes de fundirse debajo de las sábanas de la noche. Más aún, éramos el Libro.
Acordaos de aquella intimidad, tan poco comparable.
Cómo nos gustaba asustarle por el puro placer de consolarle!¡ Y cómo nos reclamaba ese susto! Tan poco ingenuo, ya, y sin embargo temblando de pies a cabeza. Un auténtico lector, en suma. Esa era la pareja que formábamos entonces, él el lector, ¡oh, qué pillo!, y nosotros el libro, ¡oh, qué cómplice!
